Nazareno del Amor

La devota imagen de Nuestro Señor Jesucristo que venera nuestra querida Hermandad, es obra insigne del imaginero José Rivera, realizada en los primeros años de la década de los cuarenta del siglo pasado. Vino a sustituir a otra imagen del Señor con la cruz a cuestas, de la capilla de la Orden Tercera, que fue quemada durante el saqueo de la Iglesia en la Guerra Civil.

También del mismo autor son las cabezas y manos en mármol de las figuras y los santos que adornan el magnífico púlpito barroco de la iglesia, como también una preciosa imagen en madera estofada y policromada de San Francisco que se encuentra situada a la izquierda de la puerta de la ante-sacristía que da al sagrario.

El Señor del Amor, dulcemente inclinado hacia delante, carga la cruz en el hombro izquierdo y dirige su cabeza amorosamente hacia el devoto que se coloca delante, que puede sentir así su fija mirada y contemplar su boca entreabierta para poder tomar más aire por el gran esfuerzo que realiza para llevar la cruz.

El pie derecho lo tiene adelantado, lo que hace que el cuerpo gire en un adecuado contrapaso y que la túnica blanca, símbolo áureo del Amor de Jesús, se balancee airosamente cuando en el paso, sus hijos los cargadores, lo llevan en manifestación de la Fe hacia la Catedral en Semana Santa.

Durante la Cuaresma, esta simbólica túnica blanca es sustituida por otra de color morado oscuro, más de acuerdo con la liturgia de esos días y que es sustituida por la tradicional blanca cuando es llevado al altar del quinario.

Sus manos sostienen amorosa y delicadamente la cruz, que en el paso, le ayuda a llevarla la figura del Simón Cirineo, obra del escultor isleño Alfonso Berraquero. Unos años el monte va exornado de penitenciales lirios y otros de sangrientos claveles.

En su cabeza, la corona de espinas que deja regueros de sangre sobre el cuello y la frente y las potencias que nos recuerda que es Jesús, hombre y Salvador.

El cabello le cae en finos mechones sobre la espalda y los hombros y en un delicado mechón desde la sien derecha.

En la peana, entre los pies, lleva desde hace unos años una piedra de la vía sacra de Jerusalén traída expresamente por el Director Espiritual de la Hermandad y engarzada en plata por un hermano.

En la segunda semana de Cuaresma celebra la Hermandad, Solemne Besapiés al Señor y el viernes por la tarde devoto vía-crucis, con su imagen por la iglesia y el recoleto claustro del Convento, que constituye, sin duda, uno de los momentos más emotivos y edificantes de la cuaresma gaditana.

José Rivera García, nace en el Aljarafe sevillano, en la finca denominada "Torre del Arce", en el término municipal de Umbrete, el 29 de febrero de 1.905. Se educa en el colegio de los Salesianos de la capital hispalense, pasando más tarde a formarse en las artes a la escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos, donde se especializa primero como tallista y más tarde como escultor, trabajando la piedra, la madera y el marfil.

Una vez terminados sus estudios monta taller propio en la calle Gandesa nº 4, trasladándose con el tiempo a la calle Boteros y más tarde a Muro de los Navarros. Con 17 años efectúa la restauración de la imagen de Nuestro Padre Jesús de la Salud (Parroquia de San Nicolás, Sevilla). Conviviendo con los grandes imagineros del Neobarroco, se siente atraído por las mismas fuentes. Su figura quedará eclipsada, inmerecidamente, ante la sublime maestría de estos, como Illanes, Santos, Castillo Lastruci, etc. Pero Rivera, en aquella época, cubre su vacio muy necesario en la campo de la restauración.

Al finalizar la Guerra Civil, cuenta con 31 años y ante sí se encuentra con los destrozos realizados durante la contienda. La corrección del trabajo y el precio asequible de sus tallas, hace que le lluevan los encargos, consiguiendo una acrecentada fama, hoy muy olvidada.

Así, en el año 1.937, es llamado para restaurar la famosa Virgen de los Milagros del Monasterio de la Rábida, perteneciente al siglo XIV y que fue destrozada en los sucesos del 36. Restauraciones delicadas, como esta, o las de la Virgen del Valle y la de Jesús de las Tres Caídas de San Isidoro, les son encargadas con toda confianza durante su vida.

En Cádiz, en la Iglesia de San Francisco, realiza las esculturas de la Inmaculada, San Francisco y San Antonio que decoran el marmóreo púlpito del S. XVIII. La imagen de San Francisco de Asís, situada en la Capilla del Pilar (entrada a Sacristía) y que recibe culto sobre una ménsula dorada, por cierto perteneciente a un antiguo paso de nuestro Titular.

En esas mismas fechas, 1.940, sale de su gubia la imagen del Nazareno del Amor. Imagen de talla completa, muy bien trabajada en sus detalles anatómicos y proporciones, con rostro sereno que hoy más de sesenta años después posee un enorme poder de convocatoria. Tuvo que quedar muy satisfecho de ella, pues dos años más tardes realiza una de idénticas características para El Arahal, que es Titular de la Hermandad de Jesús Nazareno. También en nuestra ciudad y en 1.964, realiza la imagen de Nuestra Señora de los Desamparados, Titular de la Hermandad de Jesús Caído.

Espero que con esta breve biografía que de alguna forma, este artista de gran sensibilidad, según se puede deducir de su obra, y que falleció en su tierra natal el 10 de agosto de 1.982, sea más conocido y admirado, por lo menos, por los componentes de nuestra Hermandad.

 

Nra. Sra. de la Esperanza

La virgen de la Esperanza es una imagen de las llamadas de candelero; sólo tiene talladas la cabeza y las manos. Es de vestir, es decir, se atavía con ropajes de tela superpuestos.

Su actual fisonomía (no queda nada de su anterior aspecto) se debe al escultor isleño Alfonso Berraquero, quién también realizó para la Hermandad las imágenes de Simón de Cirene en 1.980 y San Juan Evangelista en 1.993.

La Virgen de la Esperanza, de encarnación morena clara, tiene tallada la totalidad de la cabeza, con el pelo graciosamente recogido en un agitanado moño en la nuca. Inclina la misma hacia su lado derecho y la flexiona ligeramente hacia delante; lo que unido a su mirada baja y hacia el interior, hacen que el que la contemple diga: ¡Dios te Salve! Reina y Madre...Sus ojos verdes nos hacen pensar en el simbolismo de su nombre, de esa virtud teologal tan necesaria al hombre de nuestro tiempo, y que al ser pintados, están cargados de un profundo realismo que al mirarlos parece que se llenan de lágrimas.

Como las que surcan sus mejillas, tres en la derecha y dos en la izquierda, una de las cuales llega casi a las comisuras de sus labios entreabiertos en un suave sollozo.

Sus manos más que sostener, acarician el pañuelo de encajes y el rosario que habitualmente porta en ellas.
En el pecho, el puñal atraviesa con dolor su Inmaculado Corazón, que unas veces es la donación amorosa de un fallecido hermano y otras la ofrenda esperanzada de sus hijos los Hermanos Cirineos. También en el pecho lleva el ancla de la Esperanza, símbolo de nuestra salvación, que vendrá dada por María como camino hacia Jesús por el Amor.
La Virgen lleva también, unas veces en su pecho y otras en su cintura, la medalla conmemorativa de IV Centenario de San Francisco de Asís, como Hermandad vinculada a la orden desde su fundación y como ostentadora del título de Seráfica por su asidua colaboración con las obras misionales franciscanas.

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